lunes, 21 de marzo de 2016

Los cinco sentidos del cucurucho

Con la llegada de marzo, a veces febrero, llega el periodo litúrgico tan esperado por el cucurucho. Ceniza escurridiza invade las frentes moradas de aquellos penitentes que, anhelan envestirse con esa desteñida y ahumada túnica telar purpura como las buganvilias,  que florecen en los balcones de las casas antigüeñas.    

Al fin llegó el momento, piensa para sí, mientras se enviste y acude, como cada año, a hacerle encuentro al paso del nazareno. Lo espera con ansias y entre una multitud lo ve por primera vez desde aquella semi destruida acera. Le observa con embeleso, se distrae con su cadencioso e imponente paso, al tiempo que deja escapar un suspiro.

El olor al perfumado incienso se entremezcla con el aroma a pino, corozo y aserrín que en festín multicolor se preparan para recibir, una vez más, el sacro cortejo.

Al fondo  escucha una trompeta solitaria que introduce la melodía sacra y fúnebre, de esas que erizan la piel y  que enamora el oído del cucurucho que  con el alma arrodillada da gracias por un año más.

Suena el timbre… el corazón de aquel devoto, ansioso y consternado late con celeridad, se aproxima al anda y con ojos vidriosos observa de frente  a la imagen de un Cristo lleno amor y  humanidad.  Coloca su hombro en la almohadilla y con ternura acaricia el bolillo, mientras que su guante blanco, como alba primaveral, sostiene la horquilla recién entregada por otro como él.

Termina la marcha y de nuevo esa inexplicable ambivalencia: gratitud y nostalgia, sensación agridulce compensada por un fresco de súchiles.

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